Sanar la relación con nuestra madre
Sanar la relación con nuestra madre es sanar la relación con nosotros mismos y con la Vida
El vínculo con nuestra madres es nuestro primer vínculo, y si no logramos aprender a vincularnos de manera sana y adulta con este primer vínculo a través del cual recibimos la vida, ese patrón vincular afecta el vínculo con nosotros mismos, con la vida misma.
Al no sanar este vínculo primario, se genera culpa inconsciente, y desde esa culpa aparece el dolor interior. Además, aquello que no se resuelve desde la consciencia se pasa a las siguientes generaciones, se continúa el ciclo de relación conflictiva entre madre e hija.
Podemos elegir sanar el vínculo con nuestra madre desde un estado adulto y consciente.
Aquí comparto ejercicios como una guía para ello, comprensiones personales recibidas a través de Bert Hellinger a quien conocí personalmente participando de dos seminarios que realizó en Argentina, Buenos Aires, en el año 2007 y Chascomús 2009.
Nos deseo lo mejor! https://desarrolloinfinito.com/camino-de-liberacion/

Un momento silencioso con la propia madre, por Matthias Posch
Un hermoso momento para detenerse un instante y mirar interiormente a la propia madre.
Nuestra madre es el comienzo, la fuente de nuestra vida.
Sin ella no estaríamos aquí. Solo eso ya muestra la importancia que tiene para nosotros.
Y sin embargo, en la vida cotidiana, fácilmente perdemos de vista su lugar en nuestra vida y todo lo que nos ha dado.
Cuando realmente nos aquietamos y miramos hacia dentro, aparece mucho más que una simple imagen.
Quizás haya calidez. Quizás nostalgia. Quizás también dolor.
Algunas cosas son ligeras. Otras difíciles.
La relación con la madre rara vez es simplemente “buena” o “mala”.
Es profunda. Y nos acompaña toda la vida.
Lo que muchas veces no vemos es esto: la manera en que miramos interiormente a nuestra madre influye en nosotros mismos. En nuestras relaciones. En nuestra sensación de sostén en la vida.
Cuando hay mucha distancia, reproche o decepción, nace dentro de nosotros una separación silenciosa.
Una sensación de no estar completamente conectados – ni con ella ni con nosotros mismos.
No se trata de embellecer nada.
Ni tampoco de ignorar los sentimientos.
Se trata de un momento silencioso y honesto:
reconocer a la madre como aquella a través de quien la vida llegó hasta nosotros.
Tal vez solo por un instante.
Tal vez muy silenciosamente, para uno mismo.
“Mamá, tú eres mi madre. A través de ti recibí mi vida. La tomo tal como es. Gracias”
Tan simple y claro – y aun así, en la vida cotidiana, se pierde fácilmente.
Quizás hoy sea exactamente ese momento en el que haces una pausa.
En el que no juzgas, no explicas, no comparas – sino simplemente percibes lo que es.
Un momento en el que te encuentras interiormente con tu madre.
Tal como es.
Y contigo mismo también.
Sin presión. Sin exigir que algo deba ser diferente.
Solo con lo que hay.
Y justamente ahí hay algo muy auténtico.
Algo que sostiene tu vida y a ti mismo.
Y yo también quisiera hoy simplemente darle las gracias a mi propia madre.
Por mi vida. Por todo el amor, el cuidado y la fuerza que he recibido de ella. Por todo lo que sostuvo, dio y transmitió a su manera.
Y también por los momentos difíciles. Porque ellos también forman parte de la vida y de este vínculo profundo.
Cuanto más mayor me hago, más siento cuánto de mi madre vive dentro de mí.
Gracias, mamá. ❤️