Entrar en contacto con la dimensión más profunda de nosotros mismos

Entrar en contacto con la dimensión más profunda de nosotros mismos

Stefano Candela, Hacia una nueva realidad, 04.08.2026

…si queremos entrar en contacto con la dimensión más profunda de nosotros mismos, debemos dirigir nuestra atención a la zona del corazón, en el pecho. Allí podemos sumergirnos en un espacio de gran profundidad donde encontraremos nuestra alma. Sentiremos que nuestra alma desea comunicarse con nosotros a través de un sentimiento, una vibración, una ola que nace desde nuestro interior y se expande a través del corazón. Concentrémonos en esa vibración.

¿Cómo se siente esa vibración? Empecemos a alinear y sincronizar todas nuestras células y nuestro cuerpo con ella. Dejemos que esta vibración se difunda por todo el organismo. Primero, percibimos cómo recorre la parte delantera de nuestro cuerpo, que es la zona más despierta y activa, pero nuestra intención es que llegue a la totalidad, extendiéndose también hacia la parte posterior. A medida que esta vibración se expande, sentiremos una relajación profunda.

Notaremos que la zona de la cabeza parece vibrar a otra velocidad. Vamos a expandir la vibración del alma hacia esa área; sentiremos cómo, al subir, la mente se ralentiza y se aquieta, hasta llegar a la zona de los ojos. Cuando logramos que esta vibración alcance la parte superior de la cabeza, sentiremos una relajación total en el cerebro y en el encéfalo, como si pesos acumulados cayeran y se disolvieran. Sentiremos esa energía cerrándose suavemente sobre la cabeza.

Ahora, llevamos esta información del alma hacia abajo. Primero, hacia el vientre y los intestinos. Aunque allí hay mucha información acumulada, aplicaremos el mismo proceso: difundir la vibración del alma, la cual trae quietud y paz. Es, simplemente, una cuestión de vibración y amor. Poco a poco, sentiremos que la zona intestinal, que a veces percibimos como densa o contraída, comienza a relajarse, uniéndose a la danza y al movimiento armónico del resto de las células de nuestro cuerpo.

Continuamos descendiendo la información hacia la parte baja de la espalda, hacia el hueso sacro. Dediquémonos un momento a sentir cómo esta vibración se difunde por todo el tronco, la cabeza y las extremidades —brazos, manos, piernas y pies— hasta que todo nuestro ser se perciba como un cuerpo único. Al salir de nuestro cuerpo físico, esta vibración se torna blanca y se expande alrededor de nosotros.

Empezamos a sentir este campo blanco, esta vibración del alma, envolviéndonos. Si hay zonas donde percibimos resistencia, como en la cabeza, donde los pensamientos y las actividades mantienen cierta densidad, difundamos allí esta luz blanca para lograr una mayor paz. Llevamos esta luz alrededor de todo nuestro cuerpo y también por detrás, donde a menudo se aloja nuestra estructura más antigua, nuestra raíz. Al enviar la información blanca del alma hacia allí, sentiremos que esa estructura se vuelve más ligera, más blanca, más vaporosa.

Ahora, comenzamos a percibirnos como una estrella redonda y blanca. Nos reconocemos como un núcleo, una esfera que difunde continuamente la información pura hacia el exterior. En su interior, vemos una esfera aún más brillante que se expande en todas las direcciones, difundiendo la paz del alma. Esta esfera es inmensa. Si alrededor de la cabeza surgen rayos con información previa, no blanca, simplemente sigamos difundiendo la luz para que la información del alma pulse viva y brillante.

Acompañamos esta difusión en el espacio. Frente a nosotros, podemos percibir la información del mundo y de la realidad actual. Con dulzura y amor, dejamos que la información blanca del alma suavice este mundo, a menudo tan rígido, hasta que se vuelva más amable, fresco y ligero, como una esencia gaseosa blanca. Si dirigimos nuestra atención hacia abajo, donde se encuentra la materialización y el contacto con la materia —la parte que suele ofrecer más resistencia—, permitamos que la dulzura del alma penetre en ese zócalo duro, en la creación y la manifestación tridimensional. Enviamos la información a gran profundidad, expandiendo nuestro campo hasta que sea inmenso: hacia la izquierda, hacia arriba y hacia adelante.

Más allá, encontramos la información de Dios, y nuestra alma se sumerge en ella. Desde esa lejanía remota, la información divina regresa hacia nosotros, llegando a nuestra alma y a nuestro corazón. Nos damos cuenta de que, aunque llega desde una distancia infinita, nuestra alma también es infinita y ya está unida a Dios; en esencia, son la misma información, pues nuestra alma es una ola del propio Dios.

Difundimos, pues, desde el corazón, la información de nuestra alma hacia Dios. Él responde inmediatamente. Escuchamos y sentimos ese intercambio, ese diálogo cósmico de ida y vuelta. En ese intercambio, vemos frente a nosotros un pequeño globo blanco: la Tierra. Nuestra información, la información del alma y de Dios, es mucho más grande que la Tierra, más grande que todo el Universo.

Como gigantes, nos inclinamos hacia la Tierra y le entregamos la información de Dios. La percibimos como una esfera blanca y difundimos en ella la presencia divina, tal como lo hicimos con nuestro cuerpo. Esta información entra en la estructura y en la médula informativa de nuestro planeta. Tomémonos el tiempo para sentir cómo la información de Dios transforma la Tierra, trayendo una dulzura divina. Sentimos que de ella emana un viento blanco que se esparce por el espacio. Apoyemos a la Tierra en este trabajo. Nuestra alma es grande, pero Dios es aún más grande. Como cuidadores de nuestro planeta, seguimos difundiendo la luz.

La Tierra se vuelve más luminosa, blanca y ligera. Aquellas áreas que aún se perciben oscuras son atravesadas por la luz, que brota desde el corazón del planeta. La Tierra comienza a descubrir y recibir el conocimiento de Dios, empezando a brillar de amor. Se crea así un triángulo bellísimo entre nuestra alma, Dios y la Tierra. Un triángulo donde el amor fluye en todas direcciones: de Dios hacia el alma y la Tierra, y de la Tierra hacia Dios.

La información blanca de Dios se vuelve consistente, láctea. Esta sustancia comienza a crear vórtices de realidad que se dirigen hacia el ojo de Dios. Él ve todo el universo y su mirada establece la norma perfecta de su amor. Todo se unifica en el Uno, en el único Dios, como en un río blanco donde todo converge y encuentra la paz.

Desde este punto, miremos nuevamente nuestra pequeña Tierra. Extendemos esta información divina para que la empape por completo. La Tierra se llena de divinidad. La acción se ha cumplido, la palabra se ha consumado y la información es la misma en todas partes. Una sola palabra, una sola información: Dios.

Escuchamos esta unificación del todo en el Uno, en Dios; el lugar perfecto para recoger la acción divina de todo el universo. Sentimos que hemos cumplido nuestra misión.

Podemos quedarnos unos instantes en este campo infinito, nutriéndonos de esta paz. Hemos terminado. Demos gracias, cada uno al otro, y especialmente a Dios por habernos permitido compartir esta experiencia. Hasta la próxima. Stefano Candela 

María Guadalupe BG.

PorMaría Guadalupe BG.

Investigadora, en constante aprendizaje de la Vida. Escritora y Comunicadora sobre Desarrollo Personal y Espiritual. Op. en Psicología Social. Counselor.

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